Que dejan sus comentarios de apoyo a Juana y su familia.
Anónimo dijo...
En esas fechas, era práctica habitual en la Clínica Nuestra Señora de América (CLINSA, S.A.) hoy Hospital Nuestra Señora de América en la Calle de Arturo Soria 103 y 105 de Madrid, la utilización de los distintos quirófanos simultáneamente con la intervención de un solo anestesista, asistiendo como ayudantes en ocasiones estudiantes o tal vez no de medicina o representantes de material quirúrgico y como instrumentistas personal sin la debida diplomatura, todos ellos traídos por el cuadro facultativo. Como personal de la Clínica Auxiliares y Celadores, en ocasiones y al parecer, “lo suficientemente experimentados como para realizar controles rutinarios durante la ausencia del anestesista o instrumentando al cirujano”. Suerte Juana, que los testigos digan la verdad y por fin se haga “JUSTICIA” y sobretodo que se os permita descansar y dejar de soportar tanta penuria, yo lo he visto. He visto que pasáis frio en ese cobertizo y también este verano os he visto sudar y Antonio sin calidad de vida, mientras y durante veintiún largos años otros no pagan por sus miserias y otros ya no podrán. Eres fuerte, y aunque te escondas no puedes disimular tus lágrimas y rabia casi agotadas, aguanta, estás en la recta final.
Un abrazo Juana.
7 de octubre de 2010 10:36
Infromación de:
http://lairadejupiter.blogspot.com/2010/06/antonio-meno-ortega.html
Cuatro características corresponden al juez: Escuchar cortésmente, responder sabiamente, ponderar prudentemente y decidir imparcialmente. Sócrates..... El delito de los que nos engañan no está en el engaño, sino en que ya no nos dejan soñar que no nos engañarán nunca. Víctor Ruiz Iriarte..... Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo. Abraham Lincoln
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22 oct 2010
19 oct 2010
LAS LAGRIMAS DE JUANA
Juana llora sin consuelo.
Lleva llorando veintiún años. Ahora sus lágrimas ya incluyen una dosis de esperanza: el próximo 3 de noviembre el Tribunal Supremo va a revisar el caso de su hijo Antonio Meño Ortega, en coma durante esos mismos 21 años tras fallar la anestesia en una operación de rinoplastia. El giro radical en el calvario de esta familia se debe a que uno de los médicos que estuvo, como aprendiz, aquel 3 de julio de 1989 en el quirófano de Antonio ha confesado que el tubo de anestesia endocraenal «se había desconectado».
Desde hace 487 días, el «domicilio» de Antonio —que ahora tiene 42 años y se encuentra en total estado vegetativo—, su madre Juana y su padre, Antonio también, está en la plaza de Jacinto Benavente. Allí, junto al palacio del antiguo Ministerio de Justicia.
En una especie de caseta que resiste el calor, las lluvias y las nevadas porque está hecha a conciencia. «Lo hice yo, con mis manos y con la ayuda de los parientes», asegura Antonio, ya jubilado. No nos digan porqué pero el ambiente ahí dentro es de paz y calma. También se respira sufrimiento.
Hay ventiladores para el verano y calefactores para el invierno. Al fondo, dos camas. En una yace el joven Antonio «desconectado» del mundo pero que se inquieta cuando siente la presencia de extraños como mi colega Edu, el fotógrafo, y yo. La otra cama es para su madre, Juana, que no se separa ni un minuto del hijo: le asea, le da de comer, le arropa, le desarropa ... y le acaricia mientras, disimuladamente, se seca las lágrimas con el mangote del chándal.
Ni Juana ni su marido quieren dinero. Piden justicia. Esa que se les ha hurtado los últimos 21 años. En una primera instancia, el anestesista —que reconoció su fallo— fue condenado. Pero hubo apelaciones. De la familia Meño Ortega, de la clínica y las de las aseguradoras. «Fuimos condenados en costas», se lamenta Juana. «Por lo visto, ya debemos 400.000 euros. ¡Si eso no es un desprecio a la Justicia y a la vida, qué venga Dios y lo vea!», añade su marido.
«¡Y lo peor, hija mía, —exclama Juana—, es que han venido aquí, no digo de dónde, a amenazarme con que me quitaban la custodia de mi hijo por tenerle en la calle, en estas condiciones!». Ver para creer.
El caso de Antonio está ya en boca de todos. Miles de firmas en internet y cientos de personas que se paran, estos días, en el «domicilio» de Antonio Meño, para transmitir a su familia que el 3 de noviembre se le puede hacer justicia, con mayúsculas.
Juana llora sin consuelo. Lleva llorando veintiún años. Ahora sus lágrimas ya incluyen una dosis de esperanza: el próximo 3 de noviembre el Tribunal Supremo va a revisar el caso de su hijo Antonio Meño Ortega, en coma durante esos mismos 21 años tras fallar la anestesia en una operación de rinoplastia. El giro radical en el calvario de esta familia se debe a que uno de los médicos que estuvo, como aprendiz, aquel 3 de julio de 1989 en el quirófano de Antonio ha confesado que el tubo de anestesia endocraenal «se había desconectado».
http://www.abc.es/20101019/madrid/lagrimas-juana-hijo-20101019.html
17 oct 2010
LA LUCHA DE JUANA
La aparición de un testigo da un giro radical al caso de Antonio, con una minusvalía del 96% por una cirugía de nariz
Paco, mete agua en el climatizador que el niño pasa calor». Arrecia la canícula en Madrid y Juana no deja de mirar a su hijo. El 'niño', su pequeño, es Antonio Meño, 42 años, 1,80 de estatura, 90 kilos. Antonio sigue atento el Alemania-Ghana del Mundial de Sudáfrica en una minúscula tele instalada sobre tres cajas de zapatos. No ve, pero se entretiene. Una rinoplastia le dejó en coma vegetativo hace 21 años, cuando era un joven dicharachero y aventurero, con toda la vida por delante y que sólo quería arreglarse la nariz. Juana Ortega se acuerda bien de aquel día, del momento en el que una frase del cirujano le arrebató su vida para siempre. «Antonio no se despierta de la operación, vamos a intentarlo más tarde». Nunca más lo hizo. Era 3 de julio de 1989. No había caído todavía el muro de Berlín y en la clínica Nuestra Señora de América, en la lujosa calle Arturo Soria de Madrid, se levantaba otra pared, igual de ignominiosa y vergonzante, que aún no se ha derrumbado para los Meño Ortega.
La perseverancia de Juana, 64 años, panadera de profesión, ha mantenido viva la llama todo este tiempo. Su dura mirada lo dice todo. Tira del carro y no entiende la palabra rendirse. Ni ahora, ni hace 21 años, cuando comenzó su particular batalla con la Justicia para que le reconozca que el coma de su 'niño' fue provocado por un error médico. Una presunta negligencia del anestesista que ha dejado a Antonio con una minusvalía del 96% y postrado en un camastro en el que lleva la mitad de su vida.
En una caseta en la calle
La esperanza de Juana se juega en los tribunales... y a diario en la calle. Hace un año y dos semanas acampa ante una sede del Ministerio de Justicia, en la castiza plaza de Jacinto Benavente, cerca de la Puerta del Sol. Desayuna, come, cena y duerme en una caseta que levantó su marido Paco y su cuñado. Un habitáculo con tarima enmoquetada, armazón metálico y tela aislante, que forma parte del paisaje de la plaza y atrae la atención de madrileños y turistas.
Pero Juana no está sola. En estos 379 días en la calle -de un invierno terrible de lluvias y nieve a los casi 37 grados de ayer- le acompaña su 'niño'. En el interior hay espacio para la cama de Antonio y un colchón para ella. Completan 'el mobiliario' un cámping gas, una caja con comida, dos garrafas de agua de diez litros, sillas plegables, la imagen de La Milagrosa y una mesa de campo en donde exhibe recortes de prensa, sentencias, el libro de su abogado y un bloc de firmas. Ha recogido 200.000 desde que comenzó su periplo judicial y cada 10.000 rúbricas recopiladas acude en persona al Congreso de los Diputados con la esperanza de que atiendan su caso en el Comité de Derechos Humanos de la ONU. Su perseverancia no acaba ahí. Ha ido dos veces a la tele; ha mandado cartas al Rey, a Zapatero y a Rajoy. En ellas les cuenta cómo las diferentes instancias judiciales no sólo no han reconocido que el coma de Antonio fue un error médico, sino que el Tribunal Supremo le obligó a pagar 300.000 euros en 2008 por las costas del pleito, más otros 100.000 euros de multa por no poder hacer frente a la cuantía.
«Querían embargar mis bienes, mi casa. Hace tiempo que dejé de creer en la Justicia, en los políticos, en las buenas intenciones. De las autoridades me contestaron el Rey y Zapatero. Los dos me dijeron que al tratarse de un asunto judicial no podían hacer nada. Todo quedó en agua de borrajas», cuenta Juana mientras se acomoda en una silla de cámping, estira las piernas y se atusa su pelo canoso. «¿Para qué sirve creer?», se pregunta una y otra vez. «¡Y mira que yo tenía fe en la Justicia, no lo sabes bien!», replica.
Paga y calla
Tras la condena del Supremo llamó a la puerta de Avinesa (Asociación de víctimas de negligencias médicas) en busca de protección legal y la respuesta, recuerda, fue dura y escueta. «Juana, paga y calla», le dijeron. Visitó varios abogados; nada. Se ofrecieron otros muchos, pero cuando conocían el caso huían. No existían pruebas que confirmasen que se trató de un error médico. «Fue un momento extremo en el que podía haber hecho una locura, que es lo que hubieran querido, pero decidí no darles esa alegría», confiesa.
La firmeza de tantos años, su inquebrantable constancia buscando justicia tuvo su recompensa una tarde del pasado febrero. Un hombre muy arreglado se acercó a la caseta y le soltó a Juana lo siguiente: «Si no se hace justicia en la tierra, se hará justicia divina». Ella le respondió: «Yo quiero que se haga justicia en la tierra». Se trataba del doctor Ignacio Frade, testigo de la operación de Antonio aquel 3 de julio de hace tres décadas. El médico había perdido la pista del caso cuando conoció que un tribunal de primera instancia había condenado al anestesista, a la clínica y a la aseguradora a pagar 175 millones de pesetas a los Meño Ortega. Pero no supo que aquellos recurrieron y fueron exonerados en sucesivas instancias. El doctor acudió al abogado de la familia y declaró que el anestesista no se encontraba en el quirófano cuando la máquina que medía el ritmo cardiaco de Antonio se detuvo. Estaba con otra operación.
«La versión que contaron al juez es que Antonio se atragantó y se le salió el tubo. Pero ahora se puede demostrar que mintieron para salvar al anestesista», cuenta Juana. La declaración del doctor Frade ha dado un giro al caso ya que una vez conocido su testimonio, la Fiscalía del Supremo ha pedido la reapertura y un tribunal de lo civil acaba de admitir la demanda y ha dado tres semanas a las partes para tramitar sus alegaciones. Van a revisar el caso. «Cuando me llamó el abogado para contármelo se me disparó la tensión. Estaba dispuesta a llegar hasta el final, pero ahora sólo quiero poner fin a esta injusticia y derribar esta chabola para siempre. Ese día brindaré con cava», exclama Juana mirando a su pobre hijo tirado en el camastro. Aunque a Antonio nadie le despertará de su letargo, la perseverancia de su madre, toda una madre coraje, ha inundado de esperanza una casucha donde ahora hay más vida que nunca.
:: MATEO BALÍN
http://www.eldiariomontanes.es/v/20100702/sociedad/destacados/lucha-juana-20100702.html
Paco, mete agua en el climatizador que el niño pasa calor». Arrecia la canícula en Madrid y Juana no deja de mirar a su hijo. El 'niño', su pequeño, es Antonio Meño, 42 años, 1,80 de estatura, 90 kilos. Antonio sigue atento el Alemania-Ghana del Mundial de Sudáfrica en una minúscula tele instalada sobre tres cajas de zapatos. No ve, pero se entretiene. Una rinoplastia le dejó en coma vegetativo hace 21 años, cuando era un joven dicharachero y aventurero, con toda la vida por delante y que sólo quería arreglarse la nariz. Juana Ortega se acuerda bien de aquel día, del momento en el que una frase del cirujano le arrebató su vida para siempre. «Antonio no se despierta de la operación, vamos a intentarlo más tarde». Nunca más lo hizo. Era 3 de julio de 1989. No había caído todavía el muro de Berlín y en la clínica Nuestra Señora de América, en la lujosa calle Arturo Soria de Madrid, se levantaba otra pared, igual de ignominiosa y vergonzante, que aún no se ha derrumbado para los Meño Ortega.
La perseverancia de Juana, 64 años, panadera de profesión, ha mantenido viva la llama todo este tiempo. Su dura mirada lo dice todo. Tira del carro y no entiende la palabra rendirse. Ni ahora, ni hace 21 años, cuando comenzó su particular batalla con la Justicia para que le reconozca que el coma de su 'niño' fue provocado por un error médico. Una presunta negligencia del anestesista que ha dejado a Antonio con una minusvalía del 96% y postrado en un camastro en el que lleva la mitad de su vida.
En una caseta en la calle
La esperanza de Juana se juega en los tribunales... y a diario en la calle. Hace un año y dos semanas acampa ante una sede del Ministerio de Justicia, en la castiza plaza de Jacinto Benavente, cerca de la Puerta del Sol. Desayuna, come, cena y duerme en una caseta que levantó su marido Paco y su cuñado. Un habitáculo con tarima enmoquetada, armazón metálico y tela aislante, que forma parte del paisaje de la plaza y atrae la atención de madrileños y turistas.
Pero Juana no está sola. En estos 379 días en la calle -de un invierno terrible de lluvias y nieve a los casi 37 grados de ayer- le acompaña su 'niño'. En el interior hay espacio para la cama de Antonio y un colchón para ella. Completan 'el mobiliario' un cámping gas, una caja con comida, dos garrafas de agua de diez litros, sillas plegables, la imagen de La Milagrosa y una mesa de campo en donde exhibe recortes de prensa, sentencias, el libro de su abogado y un bloc de firmas. Ha recogido 200.000 desde que comenzó su periplo judicial y cada 10.000 rúbricas recopiladas acude en persona al Congreso de los Diputados con la esperanza de que atiendan su caso en el Comité de Derechos Humanos de la ONU. Su perseverancia no acaba ahí. Ha ido dos veces a la tele; ha mandado cartas al Rey, a Zapatero y a Rajoy. En ellas les cuenta cómo las diferentes instancias judiciales no sólo no han reconocido que el coma de Antonio fue un error médico, sino que el Tribunal Supremo le obligó a pagar 300.000 euros en 2008 por las costas del pleito, más otros 100.000 euros de multa por no poder hacer frente a la cuantía.
«Querían embargar mis bienes, mi casa. Hace tiempo que dejé de creer en la Justicia, en los políticos, en las buenas intenciones. De las autoridades me contestaron el Rey y Zapatero. Los dos me dijeron que al tratarse de un asunto judicial no podían hacer nada. Todo quedó en agua de borrajas», cuenta Juana mientras se acomoda en una silla de cámping, estira las piernas y se atusa su pelo canoso. «¿Para qué sirve creer?», se pregunta una y otra vez. «¡Y mira que yo tenía fe en la Justicia, no lo sabes bien!», replica.
Paga y calla
Tras la condena del Supremo llamó a la puerta de Avinesa (Asociación de víctimas de negligencias médicas) en busca de protección legal y la respuesta, recuerda, fue dura y escueta. «Juana, paga y calla», le dijeron. Visitó varios abogados; nada. Se ofrecieron otros muchos, pero cuando conocían el caso huían. No existían pruebas que confirmasen que se trató de un error médico. «Fue un momento extremo en el que podía haber hecho una locura, que es lo que hubieran querido, pero decidí no darles esa alegría», confiesa.
La firmeza de tantos años, su inquebrantable constancia buscando justicia tuvo su recompensa una tarde del pasado febrero. Un hombre muy arreglado se acercó a la caseta y le soltó a Juana lo siguiente: «Si no se hace justicia en la tierra, se hará justicia divina». Ella le respondió: «Yo quiero que se haga justicia en la tierra». Se trataba del doctor Ignacio Frade, testigo de la operación de Antonio aquel 3 de julio de hace tres décadas. El médico había perdido la pista del caso cuando conoció que un tribunal de primera instancia había condenado al anestesista, a la clínica y a la aseguradora a pagar 175 millones de pesetas a los Meño Ortega. Pero no supo que aquellos recurrieron y fueron exonerados en sucesivas instancias. El doctor acudió al abogado de la familia y declaró que el anestesista no se encontraba en el quirófano cuando la máquina que medía el ritmo cardiaco de Antonio se detuvo. Estaba con otra operación.
«La versión que contaron al juez es que Antonio se atragantó y se le salió el tubo. Pero ahora se puede demostrar que mintieron para salvar al anestesista», cuenta Juana. La declaración del doctor Frade ha dado un giro al caso ya que una vez conocido su testimonio, la Fiscalía del Supremo ha pedido la reapertura y un tribunal de lo civil acaba de admitir la demanda y ha dado tres semanas a las partes para tramitar sus alegaciones. Van a revisar el caso. «Cuando me llamó el abogado para contármelo se me disparó la tensión. Estaba dispuesta a llegar hasta el final, pero ahora sólo quiero poner fin a esta injusticia y derribar esta chabola para siempre. Ese día brindaré con cava», exclama Juana mirando a su pobre hijo tirado en el camastro. Aunque a Antonio nadie le despertará de su letargo, la perseverancia de su madre, toda una madre coraje, ha inundado de esperanza una casucha donde ahora hay más vida que nunca.
:: MATEO BALÍN
http://www.eldiariomontanes.es/v/20100702/sociedad/destacados/lucha-juana-20100702.html
15 oct 2010
El Supremo reabre el caso de un hombre en coma desde 1989
El Supremo reabre el caso de un hombre en coma desde 1989
Tras dos décadas de juicios por negligencia, el Supremo revisa el 'caso Meño'
PABLO DE LLANO - Madrid - 15/10/2010
Antonio Meño lleva 21 años en coma. Mientras tanto, su historia judicial avanza, se detiene, se cierra, vuelve a respirar: en 1989 salió de una operación de cirugía estética con el cuerpo y el cerebro paralizados; sus padres pusieron una denuncia por negligencia, un juzgado sentenció a la clínica en 1993 a pagarles una indemnización (más de un millón de euros) y empezaron las apelaciones.
Llevan 485 días en una caseta en Jacinto Benavente con su hijo en coma
Primero otro juzgado que les quitó la razón, luego la Audiencia Provincial se la volvió a quitar, y por último el Tribunal Supremo, que los condenó a pagar 400.000 euros por los costes del juicio. 400.000 euros y un hijo paralizado.
Sus padres, dos panaderos de Móstoles jubilados, se echaron a la calle con él en junio de 2009 y montaron una caseta de lonas y madera en la plaza de Jacinto Benavente. Para pedir justicia; clemencia al menos. Un anochecer de febrero de 2010 se encuentran un testigo. Y otra vez, el caso de Antonio Meño, vuelve a respirar. El Tribunal Supremo ha reabierto el caso del hombre en coma 21 años después de la cirugía fatídica, 16 meses después de que los padres, Juana Ortega y Antonio Meño, dos sexagenarios de Móstoles retirados de su panadería, se asentasen en la plaza de Jacinto Benavente, a una calle de la Puerta del Sol, a seis pasos de una sede del Ministerio de Justicia.
El responsable del vuelco judicial es un médico de familia. Un hombre que pasó por la plaza una noche del mes de febrero pasado, preguntó a Juana Ortega qué le ocurría a su hijo, si podía llevarse un pasquín de su taco de denuncias del caso y luego siguió su camino, según relataba ayer la madre. "No lo he vuelto a ver desde aquel momento".
I. F. G., el supuesto caminante circunstancial, entregó unos días después al abogado de la familia, Luis Bertelli, una declaración en la que daba una versión desconocida de lo que ocurrió en la clínica privada Nuestra Señora de América, donde Meño, que ahora tiene 41 años, se quedó en coma siendo un estudiante de Derecho con el antojo de tener una nariz bonita.
Este médico asegura que estaba de aprendiz en la operación y vio cómo las pulsaciones de Meño se alteraban en una pantalla. Dice que el anestesista se había ido del quirófano: "Apareció al cabo de unos minutos, levantó los paños que cubrían la cabeza del paciente y comprobó que el tubo a través del que respiraba se había desconectado. Exclamó: 'Dios mío, se ha desconectado", se lee en su documento, en el que nombra a los cirujanos que estaban en la sala de operaciones, al anestesista y llega a precisar el color de ojos y de pelo de la enfermera.
En los juicios que han exculpado a la clínica se ha aceptado hasta ahora que el cerebro de Meño se asfixió porque el paciente vomitó sin motivo pasada la cirugía, cuando el anestesista lo había desentubado y había recuperado la respiración. La versión de I. F. G., del que no se supo nada en todos estos años de pleitos (en su escrito explica que creyó que al final se había indemnizado a la familia), no menciona ningún vómito. Apunta a un fallo durante la anestesia.
Basándose en el nuevo testimonio, el abogado de la familia pidió una revisión de la sentencia de 2008 del Supremo. El fiscal Félix Herrero Abad envió el mes de mayo pasado un escrito a este tribunal valorando que la prueba era un indicio de "maquinación fraudulenta", es decir, que se ocultaron pruebas en el juicio. La Fiscalía sostenía que la prueba supuestamente escamoteada "podía haber dado lugar a una sentencia totalmente distinta".
Por entonces, la abogada del anestesista, que ahora trabaja en un hospital público, se limitó a cuestionar la credibilidad del nuevo testigo, diciendo que su cliente negaba que estuviera en el quirófano. Y la clínica se opuso a hablar del caso.
El 4 de octubre pasado habló el Tribunal Supremo. Ha admitido el recurso y citado a las partes a una vista que se celebrará en noviembre. Ahí decidirá si estima la demanda de revisión, con lo que anularía su sentencia anterior y juzgaría de nuevo el caso, o si confirma su pronunciamiento de 2008: absolución de los acusados y condena de pago de costas a la familia.
El primer paso -que el Supremo acceda a estimar un recurso contra una sentencia en firme suya- es un fenómeno judicial infrecuente. Tanto como que un matrimonio de jubilados esté 485 días acampado en la calle con un hijo en coma vigil. Igual que un paseante casual se convierta en un testigo crucial. No más que un chico se quede muerto en vida por un arreglo en la nariz.
Juana Ortega, alma de la caseta de madera y lonas de la plaza de Jacinto Benavente, tampoco asimila el último recodo del caso Meño: "Estoy contenta. Pero también estoy incrédula".
Información del País:
http://www.elpais.com/articulo/madrid/Supremo/reabre/caso/hombre/coma/1989/elpepuespmad/20101015elpmad_5/Tes
Tras dos décadas de juicios por negligencia, el Supremo revisa el 'caso Meño'
PABLO DE LLANO - Madrid - 15/10/2010
Antonio Meño lleva 21 años en coma. Mientras tanto, su historia judicial avanza, se detiene, se cierra, vuelve a respirar: en 1989 salió de una operación de cirugía estética con el cuerpo y el cerebro paralizados; sus padres pusieron una denuncia por negligencia, un juzgado sentenció a la clínica en 1993 a pagarles una indemnización (más de un millón de euros) y empezaron las apelaciones.
Llevan 485 días en una caseta en Jacinto Benavente con su hijo en coma
Primero otro juzgado que les quitó la razón, luego la Audiencia Provincial se la volvió a quitar, y por último el Tribunal Supremo, que los condenó a pagar 400.000 euros por los costes del juicio. 400.000 euros y un hijo paralizado.
Sus padres, dos panaderos de Móstoles jubilados, se echaron a la calle con él en junio de 2009 y montaron una caseta de lonas y madera en la plaza de Jacinto Benavente. Para pedir justicia; clemencia al menos. Un anochecer de febrero de 2010 se encuentran un testigo. Y otra vez, el caso de Antonio Meño, vuelve a respirar. El Tribunal Supremo ha reabierto el caso del hombre en coma 21 años después de la cirugía fatídica, 16 meses después de que los padres, Juana Ortega y Antonio Meño, dos sexagenarios de Móstoles retirados de su panadería, se asentasen en la plaza de Jacinto Benavente, a una calle de la Puerta del Sol, a seis pasos de una sede del Ministerio de Justicia.
El responsable del vuelco judicial es un médico de familia. Un hombre que pasó por la plaza una noche del mes de febrero pasado, preguntó a Juana Ortega qué le ocurría a su hijo, si podía llevarse un pasquín de su taco de denuncias del caso y luego siguió su camino, según relataba ayer la madre. "No lo he vuelto a ver desde aquel momento".
I. F. G., el supuesto caminante circunstancial, entregó unos días después al abogado de la familia, Luis Bertelli, una declaración en la que daba una versión desconocida de lo que ocurrió en la clínica privada Nuestra Señora de América, donde Meño, que ahora tiene 41 años, se quedó en coma siendo un estudiante de Derecho con el antojo de tener una nariz bonita.
Este médico asegura que estaba de aprendiz en la operación y vio cómo las pulsaciones de Meño se alteraban en una pantalla. Dice que el anestesista se había ido del quirófano: "Apareció al cabo de unos minutos, levantó los paños que cubrían la cabeza del paciente y comprobó que el tubo a través del que respiraba se había desconectado. Exclamó: 'Dios mío, se ha desconectado", se lee en su documento, en el que nombra a los cirujanos que estaban en la sala de operaciones, al anestesista y llega a precisar el color de ojos y de pelo de la enfermera.
En los juicios que han exculpado a la clínica se ha aceptado hasta ahora que el cerebro de Meño se asfixió porque el paciente vomitó sin motivo pasada la cirugía, cuando el anestesista lo había desentubado y había recuperado la respiración. La versión de I. F. G., del que no se supo nada en todos estos años de pleitos (en su escrito explica que creyó que al final se había indemnizado a la familia), no menciona ningún vómito. Apunta a un fallo durante la anestesia.
Basándose en el nuevo testimonio, el abogado de la familia pidió una revisión de la sentencia de 2008 del Supremo. El fiscal Félix Herrero Abad envió el mes de mayo pasado un escrito a este tribunal valorando que la prueba era un indicio de "maquinación fraudulenta", es decir, que se ocultaron pruebas en el juicio. La Fiscalía sostenía que la prueba supuestamente escamoteada "podía haber dado lugar a una sentencia totalmente distinta".
Por entonces, la abogada del anestesista, que ahora trabaja en un hospital público, se limitó a cuestionar la credibilidad del nuevo testigo, diciendo que su cliente negaba que estuviera en el quirófano. Y la clínica se opuso a hablar del caso.
El 4 de octubre pasado habló el Tribunal Supremo. Ha admitido el recurso y citado a las partes a una vista que se celebrará en noviembre. Ahí decidirá si estima la demanda de revisión, con lo que anularía su sentencia anterior y juzgaría de nuevo el caso, o si confirma su pronunciamiento de 2008: absolución de los acusados y condena de pago de costas a la familia.
El primer paso -que el Supremo acceda a estimar un recurso contra una sentencia en firme suya- es un fenómeno judicial infrecuente. Tanto como que un matrimonio de jubilados esté 485 días acampado en la calle con un hijo en coma vigil. Igual que un paseante casual se convierta en un testigo crucial. No más que un chico se quede muerto en vida por un arreglo en la nariz.
Juana Ortega, alma de la caseta de madera y lonas de la plaza de Jacinto Benavente, tampoco asimila el último recodo del caso Meño: "Estoy contenta. Pero también estoy incrédula".
Información del País:
http://www.elpais.com/articulo/madrid/Supremo/reabre/caso/hombre/coma/1989/elpepuespmad/20101015elpmad_5/Tes
10 oct 2010
NOTIFICACIÓN DEL TRIBUNAL SUPREMO DE LA SALA PRIMERA DE LO CIVIL
Una vez ya con los documentos en la mano y obviando nombres que solo son de interés Judicial, transcribo la citación del Tribunal Supremo:
DEL TRIBUNAL SUPREMO SALA PRIMERA DE LO CIVIL:
Madrid, a cuatro de octubre de dos mil diez.
Dada cuenta, visto el estado de las actuaciones para la vista de la demanda, se señala el día 3 de noviembre de 2010 a las 10:30 horas de su mañana, con la debida citación de las partes, con las prevenciones contenidas en los artículos 440 y siguientes de la LECivil (Ley civil).
El resto del escrito, carece de interés salvo cuestiones personales o Judiciales.
La madre de Antonio Meño, Juana Ortega!!!!!!! Dice y con todas sus razones que “hasta que no vea como se desarrolla el Juicio no abandona la Plaza”, así que intentaremos que el mismo día tres, una vez que salgan hacia la celebración del juicio, desmonten el chiringuito para retornar a su casa, así que queda por ver si realmente la Justicia hace lo que enjusticia se merecen despúes de 22 años de espera
Abuelo.
14/10/2010
DEL TRIBUNAL SUPREMO SALA PRIMERA DE LO CIVIL:
Madrid, a cuatro de octubre de dos mil diez.
Dada cuenta, visto el estado de las actuaciones para la vista de la demanda, se señala el día 3 de noviembre de 2010 a las 10:30 horas de su mañana, con la debida citación de las partes, con las prevenciones contenidas en los artículos 440 y siguientes de la LECivil (Ley civil).
El resto del escrito, carece de interés salvo cuestiones personales o Judiciales.
La madre de Antonio Meño, Juana Ortega!!!!!!! Dice y con todas sus razones que “hasta que no vea como se desarrolla el Juicio no abandona la Plaza”, así que intentaremos que el mismo día tres, una vez que salgan hacia la celebración del juicio, desmonten el chiringuito para retornar a su casa, así que queda por ver si realmente la Justicia hace lo que enjusticia se merecen despúes de 22 años de espera
Abuelo.
14/10/2010
19 sept 2010
Víctor Manuel - La madre
Sirvan estos videos de víctor Manuel como homenaje a Juana Ortega que sin duda quedará como otra madre coraje de este siglo
Víctor Manuel - María coraje
Sirvan estos videos de víctor Manuel como homenaje a Juana Ortega que sin duda quedará como otra madre coraje de este siglo
DEFIENDE UN IDEAL
"Cada vez que un hombre defiende un ideal, actúa para mejorar la suerte de otros, o lucha contra una injusticia, transmite una onda diminuta de esperanza."
Robert Kennedy
Robert Kennedy
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